Surgimiento de la agricultura

La agricultura en el Nuevo Mundo

En América, la agricultura surgió independientemente del Viejo Mundo. Existe el peligro de creer que la “revolución agrícola” se hizo de la noche a la mañana. Ni en el Viejo ni en el Nuevo Mundo fue así. Probablemente los grupos de cazadores empezaron por cuidar alguna planta con buenos frutos, a quitarle enredaderas o malezas que pudieran perjudicarla. Solo después vino el acto de sembrar y cultivar.

Una de las primeras plantas sembradas, hace por lo menos 10.000 años, fue la calabaza botella. Esta calabaza, una vez seca, tiene la ventaja de ser un muy buen recipiente para líquidos y sólidos, conserva fresca el agua, es fácilmente transportable por su forma y es más liviana que la cerámica. Además, sus semillas tostadas son sabrosas. Los primitivos habitantes de lo que hoy son EE. UU., México y la costa del Pacífico de América del Sur la sembraron por todas partes.

La maravilla del maíz

El maíz se desarrolló simultáneamente en los dos focos principales, Mesoamérica y la América andina. Ya hace 7.000 años se cultivaba maíz en la zona de Tehuacán, en México, en la Amazonía ecuatoriana y en los Andes centrales del Perú; hace 6.850 años, en Panamá; y 6.000 años en la península de Santa Elena en el Ecuador.

El maíz, originalmente, no era sino una pequeña planta que se elevaba un palmo del suelo, con unas mazorquitas de apenas 12 mm. Hace 5.000 años, la planta medía unos 50 cm y las mazorcas tenían entre tres y cuatro cm de largo, con pocos granos. Dos o tres mil años después, la evolución natural y los cuidados de los agricultores, que en cada siembra y cada generación separaban los mejores granos como semilla, permitieron que las mazorcas alcancen alrededor de 15 cm.

A esos agricultores primitivos les debemos la evolución del maíz, la planta más productiva que ha domesticado el ser humano, pues no hay ninguna otra planta que, por cada grano sembrado, dé tal cantidad de producto. Es el cereal que tiene mayor variedad de aplicaciones no solamente culinarias. Con tal productividad, el cultivo del maíz se extendió a toda América, desde el actual Canadá hasta Chile. En realidad, había comunidades entregadas totalmente al cultivo del maíz. Ello implicaba desbrozar el terreno, gran dedicación a la labranza, para su posterior recolección, y luego preparar silos para el almacenaje y crear sistemas de riego.

Otros modos de vida

La yuca es también uno de los más antiguos cultivos de las zonas húmedas tropicales del Caribe y la cuenca amazónica. El fréjol lo es en Mesoamérica, el Caribe y Sudamérica. En estos sitios, y en la costa norte del actual Ecuador, hubo comunidades que explotaban los manglares y obtenían, a través del intercambio de lo que sacaban, otros alimentos y útiles de piedra y cerámica que ellos no producían. Otras comunidades complejas, no cimentadas en la agricultura, fueron las de la costa del Perú, que, al encontrarse en uno de los desiertos más extremos del planeta, no cultivaban nada y vivían exclusivamente del mar, hasta que más tarde desarrollaron sistemas de regadío en los escasos valles con ríos que bajan de los Andes.

El modo de vida recolector mixto fue el más común en la América antigua: a más de recolectar los frutos de la naturaleza y cazar (o pescar), las comunidades cultivaban sementeras de maíz, fréjol o yuca y de otros alimentos (en las vertientes subtropicales, camote, ají, maní), así como productos útiles, como el algodón, al que lo fueron seleccionando, también a lo largo de los siglos, para que diera fibras (hilas) cada vez más largas. En este modo mixto permanecieron miles de años pobladores de zonas como la costa norte de Colombia, Venezuela y Guayana, así como del sur de Centroamérica, el Caribe, el Pacífico mexicano, áreas del Brasil costero y toda la Amazonía.

Pero también hubo pueblos que jamás aceptaron la agricultura. Ciertas tribus indígenas de las grandes planicies de EE. UU., de las pampas argentinas, de la Araucanía chilena y algunas tribus de la Amazonía prefirieron continuar como cazadoras y recolectoras. Algunos de estos grupos humanos, como los Tagaeri o Taromenane en la Amazonía ecuatoriana, mantienen este modo de vida hasta nuestros días.

El Formativo

La regla de los pueblos indígenas en América fue la diversidad más que la homogeneidad. Las comunidades que optaron por la agricultura habrían de evolucionar a tribus y a señoríos, y algunas de ellas, no todas, habrían de llegar a Estados y a imperios. Pero todas habrían de pasar por un período que los arqueólogos denominan el Formativo. En este período, los pueblos viven en aldeas, descubren y desarrollan la cerámica, hacen tejidos, perfeccionan las herramientas de piedra y, algunos, descubren la metalurgia del cobre y el oro. En lo social, surgen relaciones de producción y consumo de carácter asimétrico y se genera una producción excedentaria. Como siempre, es un proceso de largas etapas.

En el cuadro se resume lo que sucedió en la cultura Valdivia, en la Costa ecuatoriana, a lo largo de 2.300 años. Es uno de los ejemplos más tempranos de formación de sociedades jerárquicas. Siglos más tarde, en las tierras de los Andes del norte (Colombia-Ecuador), centro (Perú) y sur (Bolivia-Chile) se reprodujeron estas etapas en sociedades que criaron llamas, vicuñas y cuyes; cultivaron papas, ocas, mellocos, quinua; hicieron metalurgia de cobre y oro; fabricaron cuerdas, instrumentos de caza y recolección y de labranza; tejieron el algodón; o, especialmente en la costa peruano-chilena, se dedicaron intensivamente a la pesca. Cambiando las especies agrícolas y eliminando a los camélidos y cuyes, es posible aplicar estas mismas secuencias a lo sucedido en Mesoamérica.

Es muy importante notar cómo en la América andina estas culturas se articularon económicamente, al aprovechar los diferentes pisos ecológicos, producto de la gradiente de las montañas, y desarrollar intercambios de larga distancia, a veces de miles de kilómetros. Esto se evidencia en lo sucedido con la concha Spondylus, originaria de la Costa ecuatoriana y altamente valorada por las sociedades andinas, que se la encuentra en adornos corporales de tumbas (la época ya es de entierros cuidadosos, individuales y colectivos) hasta en los actuales de Chile y México.

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