Los antiguos imperios del Asia: China, India

La importancia de China

China es una potencia mundial y su desarrollo económico en los últimos 20 años ha sido impresionante. El país más poblado del mundo, con 1.325 millones de habitantes (en 2007), es hoy también el primer exportador, la segunda economía y el cuarto por su extensión territorial (9,6 millones de km2).

A su vez, la historia de la antigua China constituye la clave de la historia de toda el Asia. No solo que allí hubo presencia de homínidos hace más de medio millón de años, sino que fue, como ya vimos, uno de los primeros centros mundiales de domesticación de plantas y animales.

La producción alimentaria en China llevó a los otros “hitos de la civilización”: alfarería, metalurgia, ciudades, Estados, imperios. En el III milenio a. C. nació la magnífica tradición china de la metalurgia del bronce y, alrededor de 500 a. C., la primera producción de hierro fundido del mundo. En la larga lista de inventos chinos figuran, además, las compuertas para canales, la pólvora, la cometa, la brújula, los tipos movibles, el papel, la porcelana, la imprenta, el timón de popa, la carretilla y muchos más.

La unificación de China

También la historia política de China es muy especial, pues logró la unificación de su lengua y su cultura hace miles de años.

Las sucesivas dinastías, empezando por la primera de la historia, la Xia, iniciada alrededor de 2000 a. C., realizaron un proceso continuo de unificación, lo que dio como resultado el mayor país del mundo. Una consecuencia fue la unidad lingüística. Mientras que en países grandes como la India hoy existen 850 lenguas, en China, 900 millones (67% de su población) hablan una sola lengua, el chino-mandarín (es el idioma que más personas hablan en el mundo). Aparte, 300 millones hablan siete lenguas muy parecidas al chinomandarín.

También es impresionante que un solo sistema de escritura, apenas modificado, haya servido en China durante 3.000 años (en Europa en el mismo período hubo centenares de sistemas de escritura y, aún hoy, hay decenas de distintos alfabetos modificados).

No es que no haya habido en China diferencias de clima, de lengua e incluso étnicas. Hace 6.000 años había muchas tribus distintas. Lo que sucedió es que hubo una “chinificación”, una homogeneización drástica de una inmensa región.

Así unidos tuvieron una masiva influencia en Japón, Corea, toda el Asia suroriental tropical e incluso en India.

De las disputas al poder centralizado

La expansión de los chino-parlantes se hizo de norte a sur. Allá empezaron a construirse ciudades fortificadas en el III milenio a. C. En sus cementerios ya se nota la diferencia de clases: tumbas simples para los esclavos y otras muy ornamentadas para la nobleza.

El llamado “Emperador Amarillo” unificó a las ciudades-Estado de las praderas del norte, construyó obras para defender las tierras de las inundaciones del río Amarillo, y fundó la dinastía Xia. Rey tras rey, fueron consolidando su poder hacia el sur, y expulsaron a otros pueblos.

Tras 17 reyes, le sucedió la dinastía Zhou que, desde 1100 a. C., conquistó y absorbió casi toda la población de China que no hablaba chino. Promovió expresiones refinadas de arte en jade, seda y bronce, pero era muy cruel: hacían sacrificios humanos a los dioses y enterraban vivos a grupos de esclavos cuando moría su amo. El fin de los reyes Zhou se produjo precisamente por una gran rebelión de esclavos.

Tras un período de inestabilidad y guerras, la dinastía Qin logró, con medidas crueles, la unificación política, cultural y lingüística. Expulsó hace 2.000 años a los pueblos del sur que no hablaban chino hacia Tailandia, Myanmar, Laos, Camboya, Vietnam y Malasia, antecesores de la población actual de esos países.

La antigua India

También en el norte de la India, la agricultura surgida en el río Indo llevó a que se formaran Estados a lo largo de 1.500 años. Pero solo en 400 a. C. un guerrero llamado Chandragupta unificó todo el subcontinente bajo el Imperio maurya. La India se consolidó como una sociedad de castas, con una rica filosofía religiosa, escrita en los Vedas y, desde el siglo V a. C., con el budismo.

El budismo se desarrolló a partir de las enseñanzas de su fundador, Siddhartha Gautama, conocido como Buda, y se expandió rápidamente. En el siglo III a. C., el emperador Asoka la volvió religión oficial de su enorme imperio y envió embajadas de monjes budistas a todo el mundo entonces conocido. Aunque después esta religión declinó en India, en el resto del Asia se propagó con éxito y ayudó a la difusión de la escritura y a la adopción de valores humanistas. Por siglos ha sido la gran filosofía de Asia y hoy se practica en la totalidad de sus países.

El curioso caso de Japón

Viendo la importancia del Japón contemporáneo –tercera economía mundial por su producción– es curioso saber que allí no se desarrolló un Estado y menos un imperio hasta muy entrada nuestra era. Este archipiélago –formado por cuatro islas grandes y alrededor de 3.000 pequeñas– permaneció miles de años con una agricultura muy primitiva de cereales, que no se desarrolló debido a la escasez de recursos naturales. Apenas surgieron jefaturas locales, con aldeas pequeñas, que vivían sobre todo de la pesca. Recién en 300 a. C. se adoptó la técnica de cultivo de arroz en campos inundados. Junto con el tejido, la cerámica y el hierro, esta técnica llegó de China, que tenía al Japón como una provincia secundaria. Solo hacia el fin del siglo VI d. C. el poder real se consolidó y dio paso a la primera civilización refinada del Japón, el Mikado, llamado también el Trono del Crisantemo, la perdurable dinastía de emperadores japoneses que ha gobernado por lo menos unos 15 siglos, la más antigua del planeta actualmente en el trono.

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