La crisis colonial y la Ilustración

El siglo XVIII fue, para las colonias españolas en América, una época de contradicciones, pues algunas vivieron un auge económico y demográfico, mientras que otras languidecieron y cayeron en crisis.

Un proceso clave fue la introducción de las Reformas borbónicas, que buscaron imponer un nuevo imperialismo en las colonias españolas y produjeron un creciente descontento criollo que, en algunas regiones, habría de desembocar, ya a inicios del siglo XIX, en los movimientos de independencia.

El cambio de dinastía

El siglo XVIII empezó para España con la Guerra de Sucesión (1701-1713). El rey Carlos II, que no tuvo hijos, nombró sucesor a Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia y bisnieto de Felipe IV, quien fue coronado con el título de Felipe V. Acababa así la dinastía de los Habsburgo y llegaba al trono español la dinastía de los Borbones.

Al ser Felipe V descendiente del rey francés, la idea de que, en el futuro, España y Francia llegasen a tener un mismo monarca inquietó a las otras potencias europeas, especialmente a Inglaterra y Holanda, que hicieron la guerra al nuevo rey.

La contienda terminó con el triunfo de Felipe V y la firma del Tratado de Utrecht en 1713, por el cual las potencias europeas le reconocían como rey de España, pero este renunciaba a cualquier posible derecho a la Corona francesa. Además, tuvo que pagar un precio: entregar territorios europeos a los reinos de Austria, Saboya e Inglaterra, y conceder a esta última el navío de permiso (derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las Indias).

Las Reformas borbónicas en América

Como es fácil imaginar, el nuevo gobernante español se halló con inmensas deudas de guerra, lo que le llevó a sobrecargar de impuestos, tasas y obligaciones a las colonias hispanoamericanas, de donde, por el decaimiento de las minas, España obtenía cada vez menos oro y plata.

Felipe V emprendió “la reconquista de sus colonias”, ambicioso proyecto que tomó impulso con su hijo Carlos III (1759-1788) y tuvo fuertes impactos en el sistema colonial en crisis. En lo político, buscaron reforzar el poder real y limitar la autonomía de los grupos locales (creación de los intendentes para supervisar a los funcionarios, prohibición de que los criollos ocupasen los puestos clave); reorganización territorial (nuevos límites y jurisdicciones, creación de los virreinatos de Nueva Granada en 1739 y Río de la Plata en 1776).

Los borbones ordenaron que las colonias no negociaran

En lo económico, los borbones ordenaron que las colonias no negociaran entre ellas sino que compraran todo a España. Por otro lado, multiplicaron los impuestos, los préstamos y contribuciones forzosas; la venta de los cargos públicos y de los títulos nobiliarios y el cobro de derechos anuales por ellos; la exigencia de donaciones a las familias más ricas de cada jurisdicción, y los estancos y las alcabalas. Los estancos, o sea el monopolio estatal del comercio, fueron extendiéndose a cada vez más productos: tabaco, aguardiente, pólvora, sal, mercurio y naipes. Las alcabalas eran el impuesto a la circulación de bienes y se cobraban hasta en el último pueblo perdido de los Andes a los indígenas que salían a vender sus hortalizas en los mercados.

Las autoridades coloniales, junto con inflexibles visitadores fiscales, atacaron a la economía de los indígenas. Las sublevaciones indígenas se multiplicaron, en especial, en la segunda mitad del XVIII. La más grande fue la de Túpac Amaru, en el Perú (1780-1781), duramente reprimida, al igual que las revueltas en las audiencias de Quito, México y el Alto Perú.

La expulsión de los jesuitas en 1767 tuvo en América una importante consecuencia: la Corona remató las tierras de la Compañía de Jesús. Así obtuvo más ingresos, pero también acabó con empresas bien establecidas y complementarias entre sí, lo que aumentó la crisis económica en las regiones donde los jesuitas eran más importantes (Paraguay, Quito, Cuzco).

La Ilustración

En Europa, las cosas estaban cambiando. Primero en las ideas: después de las terribles guerras de religión (entre católicos y protestantes) que asolaron el continente en el siglo y medio anterior, una nueva conciencia emergía: ¿no importaba más que un hombre fuera bueno y honesto, sin importar la religión o las opiniones que tuviera? Y, segundo, si había diferencias de opinión, ¿no sería mejor discutirlas basándose en la razón y no ir a los golpes o a la guerra?

Estos dos elementos, la tolerancia (respetar las creencias de los otros) y la razón (argumentar de manera lógica, clara, con pruebas y, si fuera necesario, con experimentos científicos) dieron paso a un tercer consenso: si todos los seres humanos son racionales, es obvio que son iguales (la misma enseñanza del cristianismo, todos son hijos de Dios, pero que no se había aplicado en las guerras interreligiosas), y si son iguales, deben ser tratados por igual.

Estas ideas se discutieron a partir de 1700, primero en Inglaterra y luego en Francia, y empezaron a conocerse como la Ilustración. Son ideas que luego se aplicaron a la educación (al niño no se le debe enseñar a golpes sino con razones), y a la política: si todos deben ser tratados por igual, no debe haber privilegios para unos e imposiciones para otros. De allí surgió un movimiento que cuestionaba el derecho divino de los reyes, la necesidad de respetar los derechos de cada ser humano y el derecho del pueblo a gobernarse a sí mismo.

La Enciclopedia

Un grupo de pensadores franceses se lanzaron a una empresa gigantesca: resumir todo el conocimiento humano en una colección de libros que llamaron la Enciclopedia. En ella también, se expuso estas ideas, y más conceptos sobre el Estado, el cual, dijeron, debe tres funciones separadas (Ejecutiva, Legislativa y Judicial). Pensadores, como Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Diderot, defendieron estas ideas en la Enciclopedia y otros libros.

Estas ideas sumadas al hambre del pueblo, hicieron que en 1789 estallara la Revolución francesa, que destronó y ejecutó al rey Luis XVI y a su esposa María Antonieta (1793).

Esto sembró el temor en todas las casas reales de Europa. Los reyes, como el de España, Carlos IV (1748-1819), reforzaron el despotismo y abandonaron cualquier apertura basada en la Ilustración.

Con todo, la casa real española, considerando que compartía con Francia un poderoso enemigo común, Inglaterra, hizo las paces con la naciente República francesa, e incluso con Napoleón Bonaparte. En el Tratado de Aranjuez (1801), se preveía que Francia, España y Holanda invadirían en conjunto a Inglaterra y sus colonias en América.

Pero la batalla naval de Trafalgar, en la que la armada inglesa derrotó por completo a la flota conjunta franco-española el 21 de octubre de 1805, trastocó los planes de invasión. No solo eso sino que España perdió para siempre su supremacía naval, de la que se apoderó Inglaterra hasta la I Guerra Mundial en el siglo XX.

Francia ocupa España

Napoleón no se rindió. Para quebrar la economía británica e impedirle todo comercio con Europa, decretó el “bloqueo continental”. Y como Portugal, aliado de los ingleses, se negó a seguirle en esta accción, Napoleón decidió someterlo por la fuerza, coaccionando a España a que invadiera Portugal, como en efecto lo hizo. El ejército francés atravesó la península y entró sin resistencia en Lisboa (30/11/1807). El día anterior, el príncipe Regente, Juan VI, junto con 15.000 personas, había huido por mar a Brasil, donde establecería la corte durante quince años.

Mientras los ejércitos españoles estaban en Portugal, los ejércitos franceses, con 65.000 efectivos, controlaron por completo a España por varios años. El pueblo español se rebeló contra el rey Carlos IV en 1808, quien abdicó y dejó como soberano a su hijo, Fernando VII.

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